1.2.18

De huelga

La escalera en cuestión, hoy. Museo Nacional de Antropología. Imagen de Google Earth.

Para Jorge Matías @El__Yayo, que hizo que contara esta historia.
Algún turista levantó la ceja al ver bajar corriendo por la escalera izquierda de mármol del vestíbulo del Museo Nacional de Antropología a un joven desgarbado, pelo largo, barba rala, bolsa de libros, enormemente delgado, seguido instantes después por otros tres jóvenes. El primero esquivó estadounidenses, mexicanos y a un par de chinos, y salió a toda prisa por la majestuosa puerta del museo. Sus perseguidores hicieron lo mismo. Corrió hasta un ruinoso Austin Cambridge 1959 color caca de mono, lo consiguió poner en marcha y tomó las de polvorosa dando por terminados sus estudios de antropología y dejando atrás a sus tres compañeros de carrera que querían explicarle un punto dialéctico fino de la lucha de clases que al parecer no le había quedado lo bastante claro.

El joven era, por supuesto, yo. Por aquella primavera de 1975, en el segundo piso del ala izquierda del visitadísimo museo teníamos la Escuela Nacional de Antropología e Historia, institución modesta en tamaño ubicada en un sitio envidiable y que pretendía formar a los antropólogos y arqueólogos del mañana. El día concreto se puede determinar además ya que esa tarde, en la sala de exposiciones temporales del museo, se iba a inaugurar una esplendorosa exposición de arqueología, parte de la apertura de China al mundo, de la que recuerdo dos sarcófagos hechos con piezas de jade para un rey y su reina. En 1973, el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez (para muchos el verdadero responsable político de la masacre contra el movimiento estudiantil-popular de octubre de 1968 en Tlatelolco) había ido a visitar al ya anciano Mao siguiendo dócilmente la estela de Nixon, y en ese 1975 el gobierno chino regalaba a México dos pandas y prestaba esa exposición que celebraba el inicio de las relaciones entre los dos países.

El día concreto se puede determinar, además, porque fue cuando la policía entró a saco contra una de las huelgas más sonadas de la época, la del complejo de empresas textileras Lido, provocada sobre todo por el deseo de los trabajadores de liberarse de los sindicatos oficialistas y tener su propia organización independiente y controlar su convenio colectivo. Esa huelga, por supuesto, había contado con el apoyo de la ENAH y, como parte de ella, de un servidor, con una ingenuidad política del tamaño del legendario museo.

Los pandas que Mao regaló a México, poniéndose finos de bambú en el zoo de Chapultepec.
De ahí a salir huyendo entre los turistas que venían a ver el calendario azteca que no es calendario, y el mono de obsidiana y los atlantes toltecas, mediaban varios meses de enfrentamientos con la H. Asamblea de Estudiantes de la escuela, enfrentamiento que emprendí con igual ingenuidad y falta de consideración a mi seguridad física, lo admito.

En la ENAH mandaban los activistas de la IV Internacional, la corriente trotskista del marxismo leninismo. Los trotskos. Era tan absurdo que a principios del curso los alumnos recibían a los aspirantes a profesores y éstos daban una clase de prueba al cabo de la cual nosotros, los alumnos, democráticamente decidíamos si queríamos que el susodicho nos diera clases o no, como si supiéramos antropología, los imbéciles. Algo así como el mundo al revés. Recuerdo pocas asignaturas de antropología, pero sí una de materialismo histórico, otra de materialismo dialéctico y una de corrientes de pensamiento en el marxismo. La promesa era que si uno aguantaba tres o cuatro semestres de bombardeo político, pasaba a especialidad, donde ya empezaba a estudiar antropología social, etnología, antropología física o arqueología.

Ni qué decir que la vida de la escuela estaba marcada por la política. Por cualquier causa, y a veces sin ella, se nos informaba que "había asamblea" y las clases quedaban suspendidas mientras arreglábamos el mundo en el pequeño auditorio de la escuela. Se hacía lo que decidía la asamblea... y la asamblea decidía lo que querían los trotskos, punto. Tenían dominadas todas las técnicas de manipulación de asambleas, desde la moción de procedimiento (la "moción de orden") o la autocrítica de tal o cual disidente hasta el manido recurso al acta de hace cuatro asambleas o, sin más, la amenaza velada y el lloriqueo victimista. Cuando los vientos no les eran favorables pese a todo, la asamblea se prolongaba horas y horas con intervenciones soporíferas y farragosísimas, hasta que la gente razonable la abandonaba para irse a hacer cosas burguesas como cenar o dormir o comprar detergente para limpiar la casa. Cuando sólo quedaban ellos, votaban y, asombrosamente, ganaban.

Asamblea. Otra más. El horror. La democracia simulada.
No sé si fue la primera bronca, pero la más memorable que tengo antes de la ruptura de la huelga se dio cuando en una manifestación la policía detuvo a una compañera. Allí la asamblea fue fácil: se votó comprar un desplegado en un diario, se hizo la colecta de rigor para pagarlo y se aprobó con mínimas modificaciones una redacción que impugnaba al gobierno y exigía la libertad de la compañera en los términos más enérgicos y revolucionarios posibles. Pero al día siguiente el desplegado publicado era totalmente distinto. Me explicaron que a la compañera la habían liberado por la tarde y, como ya se tenía el dinero, pues ellos decidieron usarlo para otro desplegado que era un paso más hacia la revolución y la creación del hombre nuevo. Expresé mi enérgico desacuerdo con el poco democrático procedimiento y ellos expresaron su enérgico desacuerdo con mi presencia.

Fue por entonces que nos comprometimos (es un decir) con la huelga de la Lido. Como parte del apoyo, instalamos un "Café Solidario" donde los compañeros donaban café, galletas, cafetera, bollería y golosinas que vendíamos para ayudar en algo al fondo de resistencia de la huelga. Y allí estaba yo en mis ratos libres, a cargo del café, armado frecuentemente con mi guitarra, cantando canciones de enjundiosa revolucionariedad y sirviendo café y galletas. Fue por entonces cuando se nos pidió que fuéramos a hacer guardias nocturnas de la huelga, en la fábrica situada en el municipio de Naucalpan. Pedí la palabra para decir que no, miren, compañeros, la huelga es de los trabajadores, nosotros sólo estamos solidarizándonos; pero si la huelga fracasa, a los que echan es a ellos, y los que se quedan sin un plato qué ponerle enfrente a sus hijos son ellos, mientras que si la huelga fracasa, a nosotros nos importa más bien un pito y seguimos estudiando y haciendo asambleas y buscando huelgas qué apoyar, así que conmigo no cuenten; yo no estoy para luchar las batallas de los obreros ni para ocupar su lugar, que si vienen los esquiroles nuestra motivación para enfrentarlos no es como la de los huelguistas, así que ir de guardia me parece de una arrogancia espectacular; estoy para apoyarlos en lo que ellos me digan pero respetando que ésta es su lucha.

La respuesta la conocía yo en teoría, pero me la repasaron: nosotros (nosotros, joder, unos chavales universitarios con menos experiencia en la vida y en la lucha política de verdad que medallas olímpicas de salto de altura) éramos la vanguardia intelectual del proletariado. Nuestra educación nos daba, por obra y gracia del espíritu de Lenin, la claridad programática necesaria para dirigir a los obreros y campesinos, que de eso se trataba la antropología nimásnimenos, en la lucha hacia la dictadura del proletariado y la ruta firme al comunismo. Sin nuestra preclara visión, los obreros eran capaces de conformarse con cosas como un aumento de salarios, el reconocimiento de su sindicato, la mejora de sus condiciones laborales o alguna guardería para los hijos de las obreras, cuando la huelga era, en realidad, una forma de agudizar las contradicciones del sistema para acelerar su descomposición. En resumen, que los obreros sin control podían usar la huelga para estar mejor, cuando lo que había que hacer era llevarlos a estar peor para que reventara el baile, el capitalismo, el imperialismo, la sociedad burguesa y el estado opresor y entonces todos estaríamos mucho mejor... pero dicho en un lenguaje mucho más enjundioso y salpicado de lo que Marta Harnecker llamaba los conceptos elementales del materialismo histórico. Luego me explicaron que yo era, además de ignorante, medio reaccionario y enormemente bobo. Me preguntaron si iba a hacer guardia. Dije que no. Seguí sirviendo cafés y cantando al futuro perfecto que dudaba yo que nos trajeran estos reyes magos de la manipulación política.

El CCH Naucalpan. No me imaginaba yo que un par de años después estaría
allí, dando clases de música tradicional latinoamericana
y a cargo de actividades culturales, conciertos y cineclubes.

Llegamos así al día en que fuimos convocados a asamblea urgentísima porque la policía había entrado a la fábrica a repartir leña. La consigna era ir a recoger a los obreros heridos y traerlos a la escuela para que fueran atendidos. Habrá que añadir que en la escuela no teníamos ni mercurocromo, no había enfermería alguna. La idea de traer a personas con contusiones, posibles hemorragias y cosas aún peores sabiendo cómo se las gastaban los granaderos (antidisturbios) mexicanos era delirante. El jefe mayor de los trotskos se dirigió a mí. "Necesitamos coches", dijo, pensando en el mío, una cafetera de más de 15 años de antigüedad, con tablas en el suelo carcomido por el óxido y que no alcanzaba los 60 km/h ni en caída libre, por no decir que con más de dos pasajeros empezaba a sufrir horrorosos ataques de asma en su torpe avance, aplastada por el peso de la carga.

Mi boca, que en tantos líos me ha metido (más datos con la vieja canción de los queridos Oysterband), arrancó sin que yo pudiera controlarla. A ver, imbéciles, dije más o menos. Punto 1, no tenemos enfermería en esta microescuela. Punto 2, somos una escuela sin autonomía universitaria, lo que quiere decir que la policía puede subir por esa escalera con absoluta impunidad (sí, esa escalera) a pulirnos además de rematar a los obreros que tengamos aquí. Punto 3, a pocos minutos de la fábrica está el CCH Naucalpan de la UNAM, que sí es territorio autónomo (la policía necesita permiso del rector para entrar) y además sí tiene enfermería. Punto 4, mi coche como ambulancia es tan viable como usar dos latas con un hilito para comunicarse con los Viking cuando lleguen a Marte. Punto 5, hoy en la tarde viene Echeverría a inaugurar la exposición de los chinos y traer aquí a los obreros golpeados es una provocación precisamente para que venga la policía...




No recuerdo si tenía un punto 6, 7 y 8, seguramente sí, pero ya no tuve oportunidad de desarrollarlos. El que llevaba la asamblea (el de siempre) se puso de pie y gritó algo del tenor de "Estamos hartos de las actitudes reaccionarias del compañero Schwarz, ¡y además ahora nos viene a llamar provocadores..!"

Iba yo a responder que no los había llamado provocadores estrictamente, sino que había mencionado que el curso de acción propuesto podía ser interpretado por las autoridades gobiernícolas como una provocación, pero esa sutileza dialéctica tenía menos esperanzas de ser reconocida que las de un compositor de reggaetón de pasar a a historia junto a Tom Waits. Y no estaban por la labor de seguirme oyendo. El dirigente (mala gente) levantó una ceja hacia allá, al fondo, y allá, al fondo, vi que se levantaban de sus asientos los tres pedagogos oficiales del grupo, a los que yo ya conocía por un par de palizas que les había visto regalar amablemente a modo de exposición doctrinaria y teórico-lúdica. Levanté mi bolsa de libros, giré a la puerta del auditorio y me dije sabiamente: "Como me agarren, me dejan como plato de natillas", lo cual me animó a bajar corriendo y tropezando hasta llegar al principio de esta historia.

Me metieron algún anónimo amenazante por debajo de la puerta en las semanas siguientes, que sabían dónde vivía, pero no me buscaron las cosquillas en realidad. Yo, que estaba en antropología -lo admito- pasando el rato para entrar a la UNAM al año siguiente a estudiar psicología, me dediqué a ir al zoológico y hacer migas con el veterinario, que estaba estudiando un curso acelerado de pandología porque venían los pandas de Mao y le habían avisado que como a uno de los peludos regalos orientales le diera un simple catarro, su siguiente trabajo sería empujar gladiolos desde abajo. Y con gente como el gobierno, su partido, el PRI, y sobre todo Echeverría, no se jugaba.

Muchas cosas han cambiado, por supuesto, en la escuela (que desde 1979 está junto a la zona arqueológica de Cuicuilco al sur de la ciudad) y en mi visión política. Pero la idea de que los privilegiados de las universidades son los timoneles natos de los obreros y los campesinos y los trabajadores manuales nomás no me entró nunca. Será que soy un privilegiado con conciencia de serlo, de que tuve suerte al tener una buena educación, al desarrollar ciertos talentos que me permiten vivir pasablemente bien pese a tener orígenes de clase media jodida, que diría Chava Flores. Que no me voy a flagelar por mis privilegios, tampoco, no soy posmo, pero los reconozco.

Uno de los líderes trotskos con los que mejor relación tenía, lo recuerdo, era El Gato. Años después me lo encontré en la calle, junto a un lujoso auto, vestido de traje y corbata, esperando a su jefe. En vez de ser un antropólogo revolucionario capitaneando a los proletarios urbanitas y agrícolas en el camino al paraíso proletario, trabajaba como chófer y guardaespaldas de un político del PRI.

Y yo no.

30.1.18

Cenar con Fidel

Era la segunda vez que iba yo a Cuba, pero no lograba sacudirme una sensación de poderosa irrealidad, de ser Alicia en el País de Nosébienqué. Y es que era -y supongo que es- imposible saber qué. Curiosamente, en mi primera visita, un año atrás, en el Encuentro Tres Fronteras de Literatura Policiaca, había yo sido testigo de una alucinante asamblea en la preciosa casa de la UNEAC en La Habana donde se había "analizado" la película Alicia en el Pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, y escritores cuyo pensamiento no sólo conocía yo, sino que compartía y eran asunto de largas conversaciones igual en México que en La Habana, de pronto defendían la censura a la película y otros miraban al techo buscando murciélagos y callaban estruendosamente. ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Mi ingenuidad hallaba increíble el doble discurso, la obligación que tenían mis amigos de opinar lo que debían en público aunque ya en casa las cosas fueran distintas, y en el piso de Justo Vasco o de José Latour o de Arnaldo Correa o de algún otro que no menciono porque sigue en la isla, opinaran de otro modo y del lado de lo correcto.

La sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en La Habana.
Ir a Cuba era -no sé si aún es- como ser invitado a bailar un ritmo que uno desconoce. Le pueden explicar los pasos (un-dos-tres, vuelta cuatro-cinco, pasito, seis-siete-ocho, alto... un-dos-tres...), pero, cuando trata de hacerlos torpemente, su profesora le tiene que tirar de aquí, empujar allá, mostrarle el paso y estar a punto de echarlo a uno al suelo tropezándose con sus propios pies. Los amigos, loso amigos eran los que te decían para dónde y cómo y cuándo y si callar alto o callar bajito, si preguntar o mejor no molestar porque los signos de interrogación los tiene alguien bajo llave y los tienes que pedir con un escrito por quintuplicado dirigido al Ministerio.

No exagero. Lo juro por las noches en el asombroso ático de Juan Carlos en el Vedado.

Y lo supe con claridad, lo he contado, aquella mañana de 1989 cuando el agregado de prensa de la embajada de Cuba en México madrugó para recibirnos (a quienes formábamos un grupo de editorialistas que hacíamos desayunos políticos en el Hotel Reforma), con un pulcro expediente que explicaba por qué Cuba había fusilado a Arnaldo Ochoa. No sé con quién entraba yo al restaurante del hotel cuando vimos al diplomático cubano, pero ese compañero me dijo: "Ya fusilaron a Ochoa". De allí en delante, todo era cuesta abajo conmigo, lo admito.

Alguna vez conté mal que esta noche en concreto había ocurrido en el Encuentro Tres Fronteras de La Habana. Error mío. El Tres Fronteras había sido el año anterior, y allí anduvimos con autores estadounidenses de contrabando por La Habana y en memorable visita a la Finca Vigía de Hemigway, y fue la ocasión de mi nanoparticipación en el tráfico de moneda en la isla, años en que el dólar estaba prohibido para el cubano de a pie. Esta vez era 1992 y estábamos allí invitados a la Feria del Libro de La Habana. Recuerdo que nos alojábamos en los gemelos hoteles Tritón y Neptuno, y que el día de la marejada vi venir, saliendo de las olas visibles entre los dos hoteles, la redonda figura de Manolo Vázquez Montalbán, que se había ido a nadar jugándose el pellejo. Le dije que estaba mal de la cabeza metiéndose a un mar así, pero él me hizo a un lado con "El agua está cojonuda" y se fue a desayunar.

Los hoteles Neptuno y Tritón.
A casa de Justo Vasco se podía llegar a pie, pero el día anterior, cuando la marejada fuerte, era un río por el que pasaban zodiacs rescatando gente. Lo contaba Justo señalando por la ventana mientras su hijo Enrique armaba ordenadores con las piezas que habíamos metido de estrangis a la isla para que los amigos pudieran seguir escribiendo sus novelas, sus cuentos. Con las piezas de ordenador y diskettes y demás había objetos aún más arcaicos: cintas de máquina de escribir pedidas por uno u otro escritor cuyos manuscritos ya eran demasiado fantasmales, papel sencillo y blanco, lápices, bolígrafos...

Esa marejada inundó la Casa de las Américas, lo cual afectaba la entrega de los premios de esa institución cultural. La ceremonia programada para esa noche fue trasladada a toda velocidad al Hotel Habana Libre. Me salto muchas anécdotas para poder llegar a donde promete el título, que hasta ahora, lo sé, se ve como un objetivo lejano. Pero el Comandante, el Caballo, Alejandro, Fidel, pues, estaba allí, omnipresente. Estuvimos muy serios, escritores internacionales invitados, en la entrega de premios, cuando pasó uno de los responsables de la feria a decirnos que no hicíeramos planes para cenar. Un-dos-tres, vuelta... no, para el otro lado. ¿Qué significa eso? Buscamos a uno de los amigos cubanos para que tradujera. "Esta noche vamos al Consejo de Estado", explicó uno, que hoy es famoso, pero mucho, como si eso dejara claras las cosas. "Que cenamos con Fidel", dijo otro que, con más viajes a México, tenía más clara nuestra perplejidad.

(Un día tendré que contar cuando, en ese mismo viaje, nos invitó a cenar a la embajada de México ni más ni menos que Mario Moya Palencia, entonces embajador ante el gobierno de Castro y que de 1969 a 1976 había sido Secretario de Gobernació -Ministro del Interior- y responsable de la represión en México, dueño, pues, de nuestros expedientes de jóvenes estudiantes rebeldes y rojos, cosa que comentaba muy divertido en la cena, pues por entonces se sentía escritor.)

Terminada la premiación, efectivamente, nos subieron a un autobusito y nos depositaron en la plaza del Consejo de Estado, desde donde se nos condujo a una enorme sala de espera donde estaban, además, un congreso internacional de médicos en pleno y una delegación enorme de la patronal mexicana, la COPARMEX, que venían a ver si invertían en la Cuba a la que la URSS acababa de dejar sin su paga mensual y donde no había ni para comer, ni para vestirse ni para mantener las luces encendidas toda la noche. Era, pues, el Período Especial en su momento más gélido.

Después de una espera que recuerdo prolongada, nos pusieron en fila, cosa que confirmaba la conclusión a la que habíamos llegado en el ático de Juan Carlos, la única verdad sólida que habían dado años de debate profundo: "Independientemente del modo de producción, la burocracia es una mierda". Y la burocracia tiene como uno de sus rasgos distintivos la fila en instalaciones gubernamentales.

La sede del Consejo de Estado en La Habana.
Cuando la fila giró en una puerta, pude ver por qué avanzaba tan lento como si fuera para vacunarnos contra el cólera: Fidel estaba saludando a todos de mano. Me quedaba menos de un minuto para decidir si saludaba muy educadamente al Fidel que en la década de 1960 había inspirado a muchos en favor de la justicia y la libertad (servidor incluido) o bien le negaba la mano al dictador de gran carisma que tenía a los amigos jodidos, que era un inútil en el manejo de la economía (a ver, hijo, que Vietnam con menos ventajas en 25 años había levantado una economía mínimamente funcional, y aquí estábamos a 30 años de la toma de La Habana y no había ni para pintura), que de justicia había demostrado entender poco, pero de libertad no entendía nada y le daba palos a los que opinaban distinto. En esta decisión pesaba el que un par de días antes había yo visto en acción a una Brigada de Respuesta Rápida meterle a un chaval una paliza como para un grande. Las BRR eran -o son- grupos de militares que visten de civil dedicados a impartir sesiones gratuitas de pedagogía súbita para los más boquiflojos.

Claro que si yo decidía saludar al segundo y preguntarle si no le daba vergüenza lo que había pasado de 1959 hasta ese momento, iba a provocar un incidente diplomático de consideración, y mi embajador era quien era. Así que opté por saludar al mito, sin decirle al comandante que era evidente que todo lo que venía anunciado en el empaque de la revolución cubana era más falso que un tratamiento de cosmética francesa de mil euros.

El poeta Roberto Fernández Retamar recitaba nombres, Fidel saludaba de mano y sonreía, y un atareadísimo fotógrafo tomaba la instantánea del momento. Escuché la gravísima voz de Roberto: "Mauricio Schwarz, mexicano, escritor y periodista", y Fidel sonrió y yo le di la mano y nos tomaron la foto. Las relaciones México-Cuba habían sobrevivido a mi fugaz imagen de rebelde de la rebeldía. Le pregunté a uno de los amigos por la foto. ¿No era raro tomarse una foto con cada uno de los asistentes? Me explicó que si alguno de nosotros llegaba a ser tremendamente famoso, tenían la foto para el Granma demostrando que Fidel era amiguísimo nuestro. Mi foto, por supuesto, languidece por algún lugar del Minint.

Roberto Fernández Retamar, que había sido agregado cultural de la embajada de Cuba en México
No sé cómo fue que en la hora siguiente, antes de la cena multitudinaria (de bufete, de pie), un grupo de no más de diez de nosotros acabó en un despacho con Fidel hablando de la marejada. Era impresionante. Ciertamente era el hombre mejor informado de Cuba o, por usar una figura común en América Latina, no se movía una hoja en la isla sin que él recibiera un informe. Pero ésa, me parece, era parte de su maldición. Con cuatro informes de meteorología y cuatro de los riesgos sanitarios de la inundación de buena parte de la ciudad, hablaba como un absoluto experto en clima, aire, mar, tierra, medicina, navegación, microbiología, epidemiología y conducta humana en casos de desastre. Sin una sola duda.

Conozco el sistema. Los periodistas, y en particular los divulgadores científicos, lo usamos como parte del oficio: obtienes muchos datos incompletos pero bien vertebrados, y los hilas dando un panorama general que es verdad en lo esencial y da una idea bastante buena, con las metáforas y juegos de palabras del caso, de lo que estás tratando de transmitir, especialmente cuando estás tocando temas difíciles para el público en general: cuántica, materia oscura, epigenética. Pero uno sabe que está vistiendo a la realidad con cierto ropaje para llevar una parte del conocimiento a sus lectores. Lo peligroso sería que, luego de leerse cuatro papers y doce notas periodísticas sobre seguridad nuclear para un artículo, se creyera uno capaz de ponerse al frente de la seguridad de la central nuclear de Garoña.

Que era lo que hacía Fidel. Tan desbordante como su carisma era su arrogancia, su sensación de infalibilidad. Recordaba yo casos contados por los amigos, donde después de una explicación somera Fidel se consideraba experto en robótica (software y hardware) y tomaba decisiones que al final resultaban desastrosas. Y lo mismo en genética ganadera (algo hay de una brillante idea de cruzar ganado lechero con cárnico). En fabricación de lápices (la de Batabanó es histórica). En cultivo de mandanga, en aeronáutica, en producción editorial, en recetas de jambalaya y en geopolítica de países donde nunca puso un pie.

Fidel con Fraga precisamente en 1992.
Los hombres del poder siempre son peculiares pero siempre son demasiado iguales con poquísimas excepciones (recuerdo a dos o tres: Cuauhtémoc Cárdenas, sin duda, entre ellos). Fidel no es distinto de la mayoría de los grandes magnates a quienes les escribía yo informes anuales de sus enormes empresas (aunque, es cierto, alguno de éstos toleraba que yo le dijera que no a algunas de sus presuntamente grandes ideas), ni distinto de los presidentes del PRI como López Portillo o De Gortari, tan convencidos de su grandeza como fulcro sobre el cual habrá de apalancarse toda la historia. No son ni tan malos como creen sus adversarios ni lejanamente tan buenos como ellos se ven ante su amigo, el espejo. Hablar con Fidel era agradable porque su mayor habilidad era, precisamente, la del buen líder, el gurú, el charmer: te relajaba, te hacía sentir importante, era simpático, sabía fingir la honestidad (que, como dijo Groucho Marx, es lo más importante), el interés. Es esa capacidad singular de evocar la credibilidad que iguala, a ojos del seguidor, a Charles Manson, a Lenin, a Mandela y a Martin Luther King, por pensar en personas casi imposiblemente diferentes. Avasallaba. Pero al mismo tiempo, cualquier actitud medianamente crítica ante su despliegue mostraba al hombre fatuo, demasiado, como dice el poema de José Gorostiza: "Lleno de mí, sitiado en mi epidermis", al hombre frágil que a nada teme más que a su propio tropiezo, a aquél cuya imagen depende de la adoración de los demás. No deja de ser metafórico que el fin de Fidel comience cuando su torre de fortaleza se puso en duda con un tropezón bajando un par de escalones. Allí dejó de ser el superhombre, el de las canciones de Carlos Puebla, la luz del amanecer.

El resto de la noche fue comer y hablar. Fidel se disculpó por lo modesto del banquete (había de todo menos langostas, recuerdo) y lo atribuyó al Período Especial sin atribuirse él su casi total responsabilidad de que Cuba hubiera llegado al día de la disolución de la URSS sin ninguna capacidad de maniobra propia, y que acabara siendo salvada por los terribles y voraces hoteleros españoles atraídos por, hágame usted el favor, Fraga. Nosotros hablamos de cosas y Fidel, sin comer un bocado, se apostó en el dintel de una puerta, dos escalones por encima de nosotros, entre dos guardaespaldas impresionantes, más altos que él, hieráticos y sólidos. Allí atendió a quien quiso acercarse a hablarle, a saludarle, a pedirle u ofrecerle, como cualquier visitante a la corte, acercándose al trono para saborear el poder vicariamente o para hacerse con una esquinita del mismo, de ese manjar inmenso que es la omnipotencia. La fila ante Fidel nunca menguó mientras duró el convite.

Dos o tres horas después, el asunto se dio por terminado. Cuando salimos a la noche habanera, uno de mis amigos mexicanos se encontró con Tomás Borge, el comandante sandinista, y lo saludó efusivamente. También saludé a Borge, pese a que ya para entonces habían perdido toda autoridad moral con el saqueo de 1990, la "piñata" sandinista donde los revolucionarios se asumieron sin vergüenza alguna como oligarcas. Si hubiera sabido que Borge estaba por publicar un libro en el que loaba a Carlos Salinas de Gortari, presidente mexicano que destrozó al país en su enloquecida carrera por alcanzar la relevancia internacional como gran líder neoliberal, a él sí que le hubiera negado la mano. Pero uno nunca sabe cuán hijos de puta pueden ser los hijos de puta, qué le vamos a hacer.

Ah, sobre los amigos, los proverbiales amigos cubanos, los entrañables aunque a veces farragosos y expansivos amigos cubanos... de todos aquellos quedan en la isla dos, acaso tres. Los demás, en Canadá, en España, en Alemania, en Bélgica, en Estados Unidos, algunos murieron, los menos. Se les quiere.

Y que te lo cante Willy Colón.

19.11.17

Justicia, venganza


 

Leo con incomodidad tuits de Arran (la organización independentista comunista juvenil catalana) y del responsable de Garantías de Podemos Cataluña festejando la muerte de José Manuel Maza, Fiscal General del Estado desde noviembre de 2016. Maza era un abogado conservador, un hombre muy de derechas y alguien que, como juez, fue responsable de varias decisiones muy poco populares, como la de la negativa a la absolución del Juez Baltasar Garzón en 2012.

Otra resolución de Maza como juez generalmente olvidada por algunos cuya memoria es una amante infiel, fue la negativa a admitir a juicio la querella del pseudosindicato "Manos limpias" contra los dueños de Podemos, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, por financiación ilícita de Irán y Venezuela.

En todo caso, Maza habrá sido alguien con una visión política que algunos podemos considerar repugnante, pero en modo alguno un asesino, un violador, un torturador o un represor de una dictadura.

Es cierto que uno no puede decir "no le deseo la muerte a nadie" porque finalmente, nos describió muy bien el brillante Clarence Darrow, el abogado defensor del juicio Scopes (interpretado por Spencer Tracy en Heredarás el viento):
Todos los seres humanos tienen una emoción de matar; cuando alguien les desagrada fuertemente, involuntariamente desean que estuviera muerto. Yo no he matado nunca a nadie, pero he leído algunas notas necrológicas con gran satisfacción.
Clarence Darrow, a la izquierda, frente a su adversario William Jennings Bryant durante el
"Juicio Scopes" de 1925 en Dayton, Tennessee sobre la enseñanza de la evolución.
Es vergonzoso, quizá, pero cuando uno lee sobre la muerte de un ser humano especialmente repugnante, cruel o inhumano, siente cierta satisfacción. Para los muy religiosos, está la esperanza de que esa persona, sobre todo si logró cierta impunidad para sus atrocidades en vida, enfrente al fin una justicia ineludible: la de una u otra deidad. Para otros, puede ser simplemente dejar salir una exhalación de alivio porque ya no podrá afectar a más víctimas o porque, en todo caso, sus víctimas seguramente sentirán alguna liberación.

Yo traicionaría a la verdad si no admitiera un cierto júbilo ante la muerte de personajes como Gustavo Díaz Ordaz, Augusto Pinochet, Idi Amín y, por supuesto, Francisco Franco, que representaba el fin del exilio para muchos de mis profesores y los padres de mis amigos, y que celebramos en el Centro Republicano Español de la Ciudad de México sin ninguna vergüenza.

Quizás la enormidad de los crímenes de personajes como éstos disculpe un poco, al menos, el regocijo por su desaparición de la faz del planeta. No lo sé y admito que, en estricta posición moral, quizá no haya disculpa.

Pero la distancia entre esos crímenes y las faltas, características o posiciones de alguien como Maza es tan enorme que no hay equiparación posible salvo en las mentes, las visiones, las claras falencias morales de algunos que ocupan puestos incómodamente altos en el panorama político.

Estamos viviendo un claro proceso de radicalización populista y simplificación intencionada. Una especie de reducción del mundo a una estampa bidimensional en alto contraste donde no hay grises, colores, tridimensionalidad ni contexto.

Cuando leemos a algunos veganimalistas exigir que un maltratador de animales (o un científico que usa animales en su experimentación, o un cazador) sea despedido, ostracizado, infamado para toda la vida, torturado, desollado, quemado vivo y luego sus huesos sean malditos en ceremonia pública, la imagen es de un exceso donde se ha perdido toda proporción entre la falta y el castigo, y se ha dado por cancelada toda valoración de la vida humana.

Muchas faltas menores o no especialmente graves son consideradas, por mucha gente (no hay forma de saber cuánta, pero no son pocos dado su impacto en las redes y en los medios), suficientes como para pedir castigos tan enormemente rigurosos que no se imagina uno qué castigos podrían estos mismos grupos proponer para los culpables de atrocidades mucho mayores. ¿Qué castigo merece un violador y torturador en serie si se propone que quien toca indebidamente a una persona una vez sea condenado a tortura y muerte?

Roland Freisler preside el "tribunal del pueblo" en 1944.
Toda proporcionalidad parece haber salido por la ventana entre algunos grupos que se han arrogado la representación en exclusiva de toda moralidad, que dictaminan juicios tan rigurosos que recuerdan al infame juez del Reich, Roland Freisler. Y ni pensar en que un infractor se arrepienta, pida perdón o se rehabilite al reflexionar sobre su conducta pasada. Toda condena es a perpetuidad y sin posibilidad de reinserción. De acuerdo al "Principio de la purísima concepción", el que ha pecado una vez ya es pecador para siempre y debe ser apartado de la buena sociedad sin piedad alguna, exiliado y desterrado como la familia de la película La bruja. Sólo los absolutamente puros son admisibles, y siempre bajo la vigilancia constante de los nuevos guardianes de las esencias no sólo políticas, sino morales y jurídicas.

Y la metáfora no es gratuita, parecemos estar en medio de un renacimiento del puritanismo, si no religioso sí político y social, donde el descubrimiento de toda falta comporta un enorme escándalo (siempre y cuando la cometa el enemigo) y una fingida sorpresa que pretende que los seres humanos no son falibles, imperfectos, que suelen caer en tentaciones por más que se arrepientan después. Que muchos han robado así sea un chicle en su niñez, que han dicho cosas incorrectas, que han actuado de modo tal que se avergüenzan y arrepienten, que los humanos son humanos.

El juicio puritano que expulsa a la familia en La bruja.
Nada de esto se debe interpretar (y ya es triste tener que advertirlo) como un intento de que eludan el máximo castigo que la ley dispone quienes cometen delitos graves. Pero esta sugerencia que corre por debajo de toda la indignación sobredimensionada de quienes festejan la muerte del que opinaba distinto y quieren llevar al cadalso a quien comete cualquier falta revela el deseo de que la venganza sustituya los mecanismos de la justicia, que la furia o simpatía de las chusmas linchadoras ocupen el lugar de la valoración serena de los hechos con garantías para todos los implicados.

Decía el independentista mexicano José María Morelos y Pavón, al sugerir las bases del futuro país, que debían partir de que "la buena ley es superior a todo hombre". Y es cierto. Donde alguien mataría a quien dañara a su familias o a gente que le es cercana, y lo justificaríamos, debemos defender también que la ley no condene a muerte a nadie, por consideraciones diversas y convincentes que van mucho más allá de nuestro legítimo dolor personal. Donde cualquiera de nosotros querría que un asesino permaneciera en la cárcel para siempre, de preferencia en condiciones de máximo sufrimiento permanente, también debe defender que las prisiones sean lugares donde se reinserte y rehabilite a quienes puedan rehabilitarse, en lugar de ser, como lo fueron casi siempre, escuelas de delincuencia donde el pequeño ladrón sale convertido en potencial asesino.

José María Morelos y Pavón.

Parte de esa idea es que el castigo sea adecuado a la falta. Y que se respete la humanidad incluso del más deshumanizado de los delincuentes, para confirmar la superioridad moral real de la sociedad por encima de sus peores integrantes. Esto, que no está presente en los juicios instantáneos de las redes convertidas en turbas sin ley, parece una de las serias carencias educativas que sufrimos, donde hace falta una sólida educación para la ciudadanía. Confundir el deseo de matar con la posibilidad real de hacerlo (así sea en nombre de una sociedad mejor) o, al menos, chocar las copas de cava porque ha muerto un adversario político, suena finalmente a advertencia para que quienes rodean a los nuevos inquisidores piensen lo que deben, callen si disienten y sepan que algunos están dispuestos a convertir la justicia en su propio reino del terror, si se tercia.

14.11.17

Los papeles del infierno


El tema de los papeles de Panamá y los papeles del Paraíso es enormemente deprimente.

La mayoría de la gente no sabe cómo funciona ni el esquema fiscal ni el legal respecto de las grandes fortunas y las empresas que se pueden fundar en distintos lugares del mundo, de modo que no tiene la información necesaria para entender la gravedad del problema.

Los medios de desinformación, a izquierda y derecha, se limitan a presentar los casos puntuales que les dan asidero político, sin explicar qué está pasando: "Fulano de Tal puso una empresa en tal sitio geográficamente misterioso para comprar tal cosa ahorrándose millones de euros en impuestos y por tanto mi partido tiene razón". Y los nombres y las cifras se desgranan sin contexto alguno, evocando el escándalo y el "te lo dije" y el "laculpaesde" que es lo que más nos gusta.

Pero no sirve de un carajo.

El hecho real es que la mayoría de los casos que los medios han movido son perfectamente legales. El que lo sean es lo que resulta preocupante. Es decir, las grandes fortunas, igual que el del taller de bicicletas, hacen lo que pueden para pagar los menos impuestos posibles, en general legalmente. Eso es "eludir" impuestos, no "evadirlos" que es sancionable.

Entender que es legal que tengas una empresa que es dueña de otras cuatro empresas y que la empresa dueña pueda aprovechar ventajas fiscales para pagar menos de lo que pagarías si tuvieras el dinero en lugar de la empresa es sólo el primer paso. Nacho Escolar no quiere que sepas eso.

Porque el segundo paso es entender que estos esquemas que sirven para que los megarricos no paguen impuestos tienen otras funciones que son absolutamente deseables para la promoción de la actividad económica, para crear empleos, para promover la innovación (vale, algunos no, se han creado precisamente para que los ricos paguen menos). Que se usen ilegítimamente presenta un problema legislativo complejo: cómo mantener los beneficios de un concepto como la sociedad anónima sin que el esquema se use abusivamente. Es tan complejo que nadie lo ha podido resolver.

Es decir, el problema es conocido por economistas, legisladores y políticos, pero se da la impresión de que todo el asunto era supersecreto nivel peli de James Bond y lo descubrieron ayer unos periodistas heroicos con barbita y que salen en los medios más que Justin Bieber. El público se queda con la idea de que el asunto es, como siempre, simple y sencillo, en blanco y negro y los malos son todos malos y los buenos somos las víctimas ineludibles que sólo tenemos como esperanza a [inserte al líder del periodista en cuestión].

Y es un problema complejo. Y no se trata de que todos sean delincuentes, ni se trata de escandalizarse. Es que los megarricos, y sobre todo las empresas más poderosas, están pagando menos de lo que deberían... y esos recursos son sanidad, educación, red de protección social, servicios, bomberos y todas esas cosas que nunca son demasiado.

Pero mañana los medios de comunicación del periodismo de partido olvidarán el tema porque ya no les sirve. Probablemente no hay nada más importante en este momento que hacer que las grandes fortunas paguen sus impuestos. La fracción socialdemócrata del europarlamento calcula que deben 2.000 euros por cada habitante de la UE, es decir, más de un billón -real, un millón de millones- de euros al año... cantidad que permitiría hacer de la UE un espacio con educación plena, sanidad plena, vivienda plena y dignidad plena.

Más importante que independencias de flequillo, que corrupciones de mercadillo y que antimonarquías de baratillo que son lo que adorna el comedero de los que en política estorban más que ayudan.

26.10.17

A veces pienso en los comedores de patatas

Los comedores de patatas (De Aardappeleters) de Vincent Van Gogh (1853-1890).
Óleo sobre lienzo, 82 cm x 114 cm, pintado en Neuen en 1885.
Imagen del Museo Van Gogh de Amsterdam.
A veces pienso en los comedores de patatas.

No sólo en el cuadro. Pienso más bien con frecuencia en ellos, en los comedores de patatas sin mayúscula ni comillas, en los cinco, en las tres generaciones de campesinos holandeses de fines del siglo XIX que comen sus patatas y toman su café a la luz de una pobre lámpara.

Pienso en el olor de su ropa después de un día de trabajo en el campo, después de semanas de trabajo en el campo... ¿cuántos pantalones, camisas, vestidos tendrían? El de diario, el de domingo para ir a la iglesia... ¿algo más?

Pienso en el sabor de su café amargo y en cómo la joven mira al hombre, buscando sus ojos mientras clava el tenedor en su patata en el plato. Pienso en el trabajo diario que explica las manos huesudas, cansadas, muy probablemente sucias que nos muestran todos. En la dignidad que afirma su mantel. En su calidad de sagrada familia más sagrada que las fantásticas que puedes encontrar en las iglesias, relamidas y envueltas en incienso picante.


A veces, claro, pienso en el cuadro. Y en el pintor, que me es entrañable. En las enérgicas pinceladas de Van Gogh, en las cartas donde cuenta que pasó un invierno estudiando manos y rostros para llegar al fin a estos cuatro, el destilado de tantos campesinos holandeses a los que visitó buscando historias a las que dar voz, a esas siete manos angulosas y sinceras. Y pienso cuando cuenta que quería mostrar a estas personas "que comen sus patatas a la luz de su pequeña lámpara, han laborado la tierra ellos mismos con estas manos que están metiendo en el plato, y eso habla de trabajo manual y — de que por tanto se han ganado honradamente su comida".

Eso es contexto. Pero pienso que es más. Ganarse honradamente la comida no es contexto, es ser como se debe ser para no bajar la mirada ante el plato con la vergüenza del ladrón. Es lo que haces con tu honradez.

Pienso en lo que hay detrás de los ojos de los cuatro actores a los que vemos. ¿Qué piensan sobre la niña que nos da la espalda, hija, sobrina o nieta de uno u otro de los congregados en la cena? ¿Se atreven a soñar, ya es 1885, que ella no tenga que ser miserablemente pobre, que el día de mañana no tenga que cenar sólo patatas y café amargo con una lámpara apenas suficiente? ¿Se atreven a especular, como campesinos, que las reformas que algunos intentan allá, en la ciudad, se pueden convertir en sus derechos, sus libertades, su voz, su voto, sus oportunidades, su dignidad, su educación, su salud, una batería de leyes que impidan que su vivienda sea un peligro, que su trabajo los mate, que su aire se envenene, que el odio mande en la calle, que sus hijas sean sólo siervas de sus maridos, que sus hijos estén condenados a repetir el bucle de su miseria? ¿Que sus herederos alimentarían al mundo y sus patatas se cultivarían vigiladas por máquinas voladoras que se controlan desde colosales cosechadoras, de modo que cultivar honradamente su comida ya no exigiera que sus huesos adoptaran las formas que pintó cuidadosa Vincent, esforzadas, exigidas, con las venas en pie de guerra?


¿Cómo pensaban el futuro, cómo lo querían? ¿Imaginaban que podían crearlo ellos con su labor o que simplemente ocurriría? ¿Hasta dónde se atrevían a imaginarse distintos en un tiempo diferente, a imaginar otro mundo, a querer una vida que fuera mejor pero, claro, sin ofender a dios, que gusta del ascetismo, ya fueran católicos --apenas legitimados en la Holanda ilustrada-- o protestantes, probablemente calvinistas? ¿El "sudor de tu frente" y el "parirás con dolor" del Génesis les resultaban un sino ineludible o el brillo de algún ojo del óleo del artista nacido en el sur podía albergar la audacia de liberarse de los castigos impuestos por un dios de un desierto lejano, un desierto que nunca verían ellos, que sus ancestros no vieron tampoco?


Ese hombre con el perfil tallado por el clima cuya mirada se pierde en la lejanía con pocos trazos, ¿qué diría al ver el futuro, este futuro imperfecto, cuestionable, difícil, peligroso, que se ha forjado en los 132 años pasados desde que Van Gogh lo retrató... ese futuro sin embargo tanto mejor que el presente que fluía alrededor de su mesa, entre los suyos? Y la niña apenas presente, el futuro en la sombra que domina el primer plano del cuadro con su amplia falda, ¿era atrevida pensándose mañana, cuando, no sé, hubiera guerras más feroces que las del pasado, pero que podrían llevar a décadas sin guerras en la históricamente convulsa Europa ya cansada de muerte? Si tuviera 10 años al ser pintada, a los 70 habría visto el fin de la Segunda Guerra Mundial. ¿Podía ser algo más que lo que veía a su alrededor, el retrato que ante ella se trazaba de su futuro como mujer joven y mayor, comiendo patatas eternamente en la penumbra?


Y el viejo con su café, ¿se habría sentido cercano a aquél otro viejo ateo y humanista que me recibió en su casa en Amsterdam porque venía yo del otro lado del océano a hablar con otros humanistas y me presumía sonriente el carné que lo identificaba como veterano de la resistencia holandesa, experto en explosivos, que dedicó cinco años de su juventud a jugarse la vida para librar de los nazis a familias como ésa que Van Gogh pintó con "algo como el color de una patata realmente polvorienta, sin pelar, por supuesto", como le dijo a su hermano en carta?

A veces pienso en "Los comedores de patatas" y pienso en mi abuelo, heredero de una pobreza histórica y por ella lanzado en esos tiempos, 1885 o poco después, a buscarse la vida en un continente misterioso y desconocido. La mujer que sirve el café podría haber sido mi bisabuela, esa mujer que sólo he atisbado en dos fotos, en una de ellas vestida con el típico traje asturiano de la mujer de campo. No sé si plantaba patatas en las laderas de Llanes, pero sé de su vida de poca biblioteca, poca escuela, poco medicamento y mucho trabajo, mucha iglesia y mucho obedecer.


Pienso en ellos y pienso que sólo podemos ir al futuro si tenemos muy claro todo lo que nos separa de los comedores de patatas, pero alertas a que todo ello no logra, ni siquiera un poco, impedir que nosotros seamos ellos y que ellos sean nosotros... que quien lee esto y quien lo escribe podríamos sin más estar sentados en esa mesa, con esos olores, con esa ropa y ese destello en los ojos dentro de nuestra asfixiante vivienda... y que cualquiera de ellos, que nos miran sin mirarnos, podría estar hoy esperando el tranvía en la calle Paulus Potter, ante el Museo de Van Gogh que guarda el cuadro, leyendo acaso un blog como éste en su teléfono y pensando en el futuro de su familia. Esa mujer del café podría ser médico en el hospital Antoni van Leeuwenhoek y aficionada a las series de ciencia ficción. Esa niña podría ser cualquier niña en la escuela.

A veces pienso que nunca debemos olvidar que somos los comedores de patatas.



10.10.17

Te independizas de mí


No me digas que te independizas del "estado español" o del PP o de las leyes que no te gustan.

Te independizas de mí.

Puedo no querer al PP, o puedo querer cambiar las leyes, muchas leyes, para que todos estemos mejor, vivamos más felices, puedo pensar en un futuro mejor construido por todos los que padecemos lo mismo y soñamos, o eso pensaría uno, lo mismo. Y para los que vienen.

Pero me estás diciendo que ese problema es mío, no tuyo.

Porque yo vivo aquí o allá y tú allí.

Me dices que te bastas haciendo tus propias leyes y que yo me las arregle con las mías, sin tus votos, sin tu apoyo, sin tus diputados, sin tu voz en las calles, sin tu militancia sindical, sin ti. Me dices que tú te forjarás una vida mejor con mejores leyes y mejor convivencia pero sin mí. Me dices, pues, que yo soy un obstáculo que no te permite vivir mejor.

Como el esquirol que pone la ambición personal por encima de las necesidades y aspiraciones de todos.

Me dices que has decidido que las calles que eran nuestras ahora serán solo tuyas, como el cacique que toma los terrenos comunales de fuera del pueblo y les pone un cercado y un letrero de "Prohibido el paso" para que mis ovejas no se coman la hierba donde ahora sólo pastarán las suyas.

Donde caminaba libre me pones una frontera, un muro, un non plus ultra reservado sólo para miembros, para gente de bien, para los decentes... no para las masas de las que, me dices, no te sientes parte.

Tú, que te has sentado a mi mesa y has comido mi comida y bebido mi vino, me vienes a decir que me declaras extranjero en una parte de mi tierra, que me quitas derechos que son sólo para ti, que tu identidad (tu lengua, el azar geográfico de tu nacimiento, tu entorno más inmediato, tu delirio tribal) es más importante que nuestro proyecto e ideas compartidos.

Has mirado a tu alrededor y has decidido dividir el mundo entre los tuyos y los que no lo son. Y me notificas que no soy de los tuyos. Yo. No el gobierno, no tal o cual partido, no tal accidente político que cambiará como cambian siempre los gobernantes al paso del tiempo, en los meandros impredecibles de la historia. Yo no soy de los tuyos.

Y mis hijos no serán dignos de jugar como iguales con los tuyos.

Por siempre jamás.

Me dices que donde yo pensé que era nosotros soy en realidad ellos. Que hay algo en mí que no cumple las altas expectativas de tu fraternidad que sólo pueden alcanzarse siendo lo que tú dices que eres y que yo no soy.

Hazme al menos el favor de no disfrazarlo de altruismo, de dignidad, de valentía, de heroísmo como el de quien lucha contra una verdadera opresión, una verdadera injusticia.

Hazme el favor de no vendérmelo como un derecho tuyo y no mío, ni de contarme tu libertad cuando comprometes la mía.

Por decencia. Digo, si quedara alguna, que es lo primero que suelen expulsar del panorama los delirios tribales, antes incluso que a los extranjeros despreciables y, así sea ligeramente, sospechosos.

Y no me pidas mi apoyo, mi aplauso o mi anuencia cuando para tu acto de egoísmo pasas con tu caballo desbocado sobre una forma de vida que, imperfecta y todo, nos habíamos dado juntos para darle amanecer a una larga noche de cuarenta años.

Me dejas con esa forma de vida y sus reglas de convivencia rotas por el suelo para hacerte tu propio futuro sin mí, agazapado tras el foso de ese castillo construido también con mis manos, con mis sueños, con mis muertos.

Ese castillo de todos que hoy declaras tu propiedad privada.

8.10.17

Lo espontáneo cuidadosamente organizado

Entonces sospecho de los de blanco.

Vale, no sospecho de la gente de buena voluntad que se vistió de blanco y sacó su banderita blanca y repitió las consignas que a saber de dónde salieron. Ésos tienen las mejores intenciones y están convencidos de que están participando en una "iniciativa ciudadana" y en un "movimiento espontáneo".

Como el 15M.

Hacia el 15M

Hacia el 7O

El 15M que fue cuidadosamente orquestado por un grupo de activistas bien identificado (lo único que no quedó claro nunca es de dónde salió la pasta) y con objetivos concretos.

Y aún hoy muchos que hicieron camping en Sol, y hasta recibieron cuando la policía fue a dar, siguen creyendo que los logos, las consignas, la fecha, los carteles, los dominios de Internet y todo eso surgieron de la nada, de la indignación popular, de la esencia misma de una ciudadanía herida por una crisis económica de la que no era responsable (nunca lo es, desde la primera crisis económica que se conoce, "El pánico financiero" del año 33 de la Era Común, debida a una burbuja de préstamos sin garantías que le estalló en la cara a Tiberio, para que no crean que el mundo se inventó con Lehman Brothers).

Al paso de los años, los artífices de la "tecnopolítica" que creó el 15M, y Democraciarealya y Juventud sin Futuro y otros membretes (surgidos, oh sorpresa, de la FCPS de la Complutense y de Contrapoder, el grupo de Iglesias, Monedero y Errejón), y luego el Partido X y luego Podemos, han recorrido el mundo orgullosos de su hazaña (ejemplificada estruendosamente en ya casi seis años de rajoyato, que se convertirán fácilmente en 14).

Todos se han colocado, claro que se han colocado. Venían a servir al pueblo y, considerando que ellos no sólo son El Pueblo, sino lo mejor del mismo, lo primero que hicieron fue salvarse ellos: Juventud sin Futuro se disolvió en marzo de este año porque sus jefes, como Rita Maestre, Eduardo Fernández Rubiño, Segundo González, Miguel Ardanuy, Pablo Padilla o Ramón Espinar, ya tenían futuro, sueldo y tranquilidad... y los jóvenes con el futuro averiado a los que se llevaron al baile seguían como estaban --o peor-- que en abril de 2011, cuando se decía, por supuesto, que no tenían líderes, eran un movimiento espontáneo. Y eran apolíticos. Y todo eso.

Al menos alguien se interesó por la muerte de Juventud Sin Futuro.
De la disolución de la Fundación CEPS un año antes aún no informa nadie.

El Partido X fue un fiasco tal que su muerte no fue ni anunciada ni le interesó a nadie. Podemos nació con una teoría que lo iba a llevar al poder en una blitzkrieg tan adornada con luces y sonido que nadie se iba a dar cuenta de que eran los mismos leninistas de siempre, pero el tiempo se le echó encima y su espacio de maniobra se ha ido acortando, así que el gambito nacionalista de parte de la derechona catalana acompañada por la CUP y otros amigos de Podemos se presenta como una excelente oportunidad de recuperar terreno.

Y de pronto, cuando muchos españoles están hartos de banderas de uno y otro bando nacionalista, sale de abajo de una piedra un movimiento... pero no un movimiento por el estado de derecho o contra los nacionalismos, o integrador o propositivo, sino un movimiento de consigna, con un aroma a oportunismo que tira de espaldas porque parece buscar apoderarse de todos los que quedan en medio de los fanáticos nacionalistas de un lado y otro. Y todo con una consigna, una palabra, sin demasiada necesidad de reflexión. Una consigna fácil, sencilla, contundente, breve y con punch publicitario: hablemos, parlemos, parlem, falemos, davayte pogovorim, við skulum tala, lass uns reden, let's talk...

Hablemos... ¿quiénes con quiénes?, ¿de qué?, ¿bajo qué principios? Nadie puede estar contra el diálogo, ¿verdad? Hablemos, venga, hablemos todos, agita la banderita de la no banderita. Pero el diálogo en abstracto, sin interlocutores, sin temática, sin reglas, sin objetivos, sin acuerdo de mínimos es un concepto vacío, que igual significa impunidad para un delincuente que un intercambio de monólogos o un silencio compartido. ¿Hablemos? ¿Qué significa? Nada y todo, a gusto del que mañana lo interprete desde algún templete con algún micrófono y el logotipo de su partido como fondo de pantalla; como estar "indignados" o "podemos", o "democracia real ya" que hasta hoy nadie nos ha explicado qué coños es, con qué se come y cómo la vamos a identificar si un día nos la cruzamos por la calle.

eldiario.es a lo suyo

¿Hablemos?

Hablemos.

Mi primera aportación al diálogo: sospecho de los que armaron el tema de los de blanco, y sospecho mucho que no vienewn a buscar soluciones, sino a arrimar al ascua su sardina... como siempre han hecho, desde muchos años antes de ser conocidos. Listos para reinar sobre las ruinas que puedan provocar en el proceso. Hágase la revolución y que los que salgan a la calle y reciban cuando haya reparto de ostias sean ellos, que nosotros no llevamos más que gloria y seguridad financiera.

Hablemos. ¿Alguien me habla de dónde salió la iniciativa y quiénes están detrás? Gracias.

(Willi Münzenberg estaría orgulloso.)

6.10.17

Las igualadoras redes sociales

Nunca fui de correos de fans, y de buscar el autógrafo y la foto con autores, músicos o actores. Alguna excepción se ha dado, con gente a la que le tengo aprecio especial, pero no me he desvivido por la gloria vicaria.

No sé si es Internet (yo creo que sí) o que en los últimos 10 años me he movido en un mundillo más bien pequeño --el del folk, bluegrass, roots, traditional en inglés, blues y afines a ambos lados del Atlántico--, pero hoy es más fácil entrar en contacto con los músicos que le están diciendo cosas a uno.

Tengo el hábito de compartir música en Twitter y en Facebook y de anotar no sólo el nombre del músico, sino su handle de Twitter, para hacerles un poco de promoción a modo de agradecimiento, convencido como estoy de que la música nos hace mejores personas. De un tiempo acá, he descubierto con gusto que los músicos responden.

Rebecca y Megan Lovell, mejor conocidas como Larkin Poe, con el jefe Elvis Costello.
Quizá es porque no son demasiado famosos, pero ése es un baremo difícil de aplicar. Digamos que un dueto como Larkin Poe que ha estado de tour con Elvis Costello (¡maestro!) no como backup, sino al frente, no es precisamente de cuarta fila. Ni lo es una de las principales figuras del folk inglés, Eliza Carthy, hija de dos de los redescubridores de la música tradicional británica, Martin Carthy y ese Everest de la voz que es Norma Waterson. Otros son más de "todavía no somos famosos" pero tengo la certeza de que lo serán, porque más allá de todas mis deficiencias, mi gusto musical es absolutamente exquisito y lo puedo demostrar. He visto nacer actos que sé que serán relevantes y canciones que sé que llegarán lejos, y los puedo identificar.


Te dan las gracias, demuestran que hablan español, intercambian comentarios, te acercan a la gente que hace la música. Esto era inimaginable en tiempos en que los personajes conocidos estaban detrás de un muro impenetrable y respondían a su público con cartas fotocopiadas firmadas por una secretaria mal pagada (pa remate). Total, que ahora que ya tengo tantos años de experiencia siendo joven, ando mandando fantweets y fanmail y fanfacebookposts a la gente a la que le agradezco tanto que me acompañe, que me cuente, que me exprese, en especial, claro, a quienes han sido mi voz como Oysterband.

La red ha roto más que distancias y tiempos, ha democratizado encabronadamente las relaciones entre niveles de la sociedad que antes vivían en compartimientos estancos. Que yo bromee con Eliza Carthy de lo divertido que me resulta que una Miembro de la Orden del Imperio Británico le dé "me gusta" a un tuit es una chorrada, pero es sintomático de lo que pasa con todo tipo de personajes en la red social, desde Trump --el ejemplo del lado oscuro-- hasta la presion sobre Zuckerberg, o los intercambios de políticos, escritores y pensadores con gente más bien silvestre y aldeana como servidor.

Todo lo que sea democratizar, nivelar, igualar, acercar, romper fronteras no sólo físicas sino de clase y de influencia, es por definición parte del progreso social. Es la tecnología como transmisor de emoción, de convicción, de ideas, de igualdades y de reafirmación de derechos, también. Sea para influir en la política, la industria, la sociedad, la educación, las libertades o simplemente para intercambiar guiños con alguien que canta... que no es poca cosa en los tiempos que corren.

Dejo una de Eliza. Voz, violín, entrega...

1.10.17

Sí, el estado de derecho

En el triste espectáculo del referéndum catalán, armado pese a las disposiciones que en contra de toda su concepción y desarrollo existen en la Constitución, el Estatut, el reglamento del parlament y la propia ley del referéndum, un argumento continuado de la retórica nacional-independentista ha sido que no hay problema en violentar las leyes, que si las leyes son injustas o desagradables, o no permiten hacer cosas que uno o muchos quieren hacer, ello basta para justificar infringirlas, ignorarlas, despreciarlas o decretar, sin autoridad para hacerlo, que no valen.

Aneurin "Nye" Bevan
En el ADN de cierta izquierda, todo ordenamiento legal es injusto, inaceptable y debe ser objeto de insurrección popular hasta que se establezca una utopía que nunca hemos visto pero que está siempre a la vuelta de la esquina. Es la izquierda de Pablo Iglesias que se emociona cuando un chaval embozado patea a un policía caído en una batalla campal, la que justifica los tiros cuando el gatillo lo oprimen los suyos y sin importar si las víctimas son los más desprotegidos, la que vivió romances siempre de fin amargo con las más diversas revoluciones y que exalta antes a quien disparaba en su nombre (incluso ETA, como ejemplo) que a quien conseguía que se aprobara una ley de sanidad universal, pública y de calidad. Y pienso al menos en dos: Aneurin "Nye" Bevan, el amigo de Orwell para quien "un servicio de salud gratuito es socialismo puro" y que logró aprobar la ley del NHS británico en 1948, y Ernest Lluch, ese Bevan español que logró lo mismo en España en 1986 y como premio fue asesinado por terroristas "de izquierda".

Ernest Lluch
Pero el marco del derecho siempre es un camino de dos vías. Lo saben bien quienes, pongo un ejemplo, toman las armas contra un estado pero, al caer presos, exigen las garantías, derechos y protecciones que les otorga esa misma ley. Y la situación es contradictoria porque es justo y aceptable que reciban esas garantías y derechos, precisamente porque la ley es para todos, hasta para el que la infringe. Porque la ley tiene por objeto conseguir que la sociedad sea mejor y más justa de lo que lo pueden ser sus integrantes. Todo ello le da a esa ley y a esas garantías, precisamente, el valor moral que las sustenta como el marco de referencia común. Y permite a la vez que el que no infringe la ley tenga la esperanza de un trato justo, previsible y legal, y no sea objeto de una aproximación caprichosa al gusto del juez.

En el necesario discurso propagandístico catalán (y no voy a entrar ahora en los temas del nacionalismo del que lo esencial que pienso ya lo he dicho e incluso he recordado cuando yo era nacionalista), las comparaciones extralógicas se han desbordado. Los independentistas presentan a los catalanes igual que a los judíos en la Alemania del 36, igual que a los negros de la lucha por los derechos civiles de 1950-1970 en los Estados Unidos, igual que a los kurdos, víctimas eternas de Irak, Turquía, Irán y Siria. La exageración del presunto ultraje que el gobierno español comete contra los ciudadanos catalanes justifica romper la ley y romper con todos los españoles, sin importar si son tanto o más víctimas del PP.

Si convences a cualquiera de que es Rosa Parks, se sentirá heroico haciendo cualquier cosa. La labor del propagandista es precisamente imbuir ese sentido de la justificación histórica anticipada entre su clientela. Es la promesa de la estatua, de la medalla, del lugar en los libros de historia: el futuro es nuestro, nuestra sagrada misión, el deber con la patria, la construcción de un mañana dorado para nuestros hijos, la memoria colectiva, el bronce heroico donde las palomas pueden cagar sin molestias para homenajearte.

Arnold Lucy en el papel de Kantorek da un encendido discurso a sus alumnos
conminándolos a pelear en la Primera Guerra Mundial en la versión
fílmica de Sin novedad en el frente de 1930 dirigida por Lewis Milestone
Todo propagandista es, finalmente, Kantorek, el profesor de escuela que entusiasma a los chicos a enrolarse en el ejército en Sin novedad en el frente. Su retórica abarca toda la gama que va de la más inocua desobediencia civil a la insurrección armada sin piedad.

La pregunta es, y la escribo ahora que se siguen desarrollando los acontecimientos de este primero de octubre que tiene todo para ser una de las fechas tristes de la España triste por oficio, si tal es cierto.

En Twitter, donde cuento lo que pienso, he expresado mi convicción de que el nacionalismo es de derechas, insolidario, contrario al interés común, y que prefiero un estado de derecho consensuado a una imposición minoritaria, que primero debe reformarse la constitución para que se puedan hacer todos los referéndums que se quieran con reglas claras y justas, que se le está haciendo juego a la burguesía del 3% y que se están agitando pasiones peligrosas y enormemente tóxicas, con dejes fascistas, xenófobos, esencialistas, supremacistas y fratricidas, abriendo heridas de las que no cierran. Como resultado he enfrentado a más de uno de esa gran colectividad que quieren que todos piensen como ellos y para conseguirlo, emplean los astutos procedimientos de insultar, hacer juegos retóricos, repartir mala fe y hacer un pase de moda continuado de falacias e incapacidad de argumentar civilizadamente. La mayoría, anónimos y que no me seguían hasta que les avisaron que estaba yo diciendo cosas herejes sobre el independentismo, y alguno de ellos con sede física o mental en San Petersburgo (donde puede vivir nuestra conciencia aunque nuestro cuerpo parasite durante años, digamos, una embajada de un país suramericano).

El más impresionante fue uno que airadamente me increpó diciendo que la izquierda no estaba para hacer de guardián de la ley.


"Hacer de guardián de la ley" es muy genérico, por supuesto. Porque sin duda alguna hay leyes cuya defensa es esencial para la izquierda porque son su legado para el futuro, son sus logros para todos. Leyes como la de sanidad (vuelvo a Bevan y Lluch), la de educación pública, universal y gratuita, la de igualdad, la de dependencia, la de salario mínimo, la de derechos laborales. No ser guardianes de esa ley, por supuesto, en la España de hoy, por ejemplo, es ser cómplice del PP cuyo objetivo fundamental es anular, derogar, esterilizar y desactivar ésas y otras leyes.

Y hay otras leyes a las que debemos oponernos, leyes que valoramos injustas, inaceptables, deficientes, mejorables, prescindibles, que deben sustituirse por algo mejor.

La pregunta es cómo oponernos y cambiarlas. Pero, mientras tanto, sí, por supuesto, sin duda, contundentemente, como izquierda, tenemos la obligación de ser guardianes de esas leyes tanto como de las otras, las que quieren erosionar otros por intereses o convicciones diversos.

Éste es el precio: guardar nuestras leyes implica, exige aceptar, así sea provisionalmente, las leyes que no nos gustan, que nos parecen incorrectas, que nos resultan repugnantes. Y dado que no podemos esperar a tener un ordenamiento jurídico perfecto y a nuestra entera satisfacción para por fin acordarle la cortesía de ajustarnos a él, en la vida real hacemos concesiones porque es mejor vivir con leyes mejorables que sin leyes o con leyes que decida otro sin nuestra participación democrática.

Eso es lo que constituye también un estado de derecho: yo respetaré todas las leyes mientras trato de cambiar las que no me gustan, con la certeza razonable de que los que me rodean también respetarán las leyes que no les gustan pero que, sin embargo, pueden ser las garantes de mis derechos, mis libertades, mi propia dignidad.

La infracción de ellas e incluso la insurrección en su contra, es justificable pero sólo cuando el cumplimiento de la ley tiene como efecto un daño medible, real y grave sobre los derechos, libertades y dignidades ciudadanos fundamentales. Que yo quiera correr a 280 kph y me sienta oprimido por el Código de Tráfico no es comparable a un esclavo que quiere ser libre y se siente oprimido por leyes que consagran la esclavitud como institución; ni con una población económicamente explotada, sin libertades, sin derechos democráticos y representativos y que no participe en el proceso legislativo mismo. Y el problema evidente aquí es que por ninguna medida que yo al menos pueda usar, tal situación es aplicable a la Cataluña de hoy, donde todo individuo goza de los mismos derechos que yo, de las mismas libertades, del mismo nivel de representatividad democrática a nivel local, regional, nacional y supranacional (con sus eurodiputados), del que nada me diferencia salvo que él o ella quieran que yo empiece a ser extranjero con derechos disminuidos en un territorio que hagan que deje de ser la casa común para ser privatizado con la lógica de un nativismo digno de Steve Bannon.

Ramón Rubial
El estado de derecho, en su escandalosa imperfección, tiene la ventaja de que permite enfrentar efectivamente al poder (religioso, económico y social) y hacer cambios permanentes para todos. Es lo que decía Ramón Rubial, el obrero del metal que llegó a ser senador y Lehendakari vasco: "el BOE* es mucho más eficaz que una ametralladora" y "Con las leyes pueden hacerse grandes revoluciones".

Cuando la revolución se hace a tiros, basta que la revolución se apague para que prácticamente todos sus avances den marcha atrás a gran velocidad. Busque ejemplos, desde la propia revolución francesa que se ahogó en sus contradicciones internas produciendo como tumor póstumo a Bonaparte, hasta la revolución soviética, que como estertor final proclamó la supremacía de un nuevo zar con los sueños imperiales de Catalina la Grande y la falta de escrúpulos de Iván el Terrible.

Pero la revolución en las leyes, la que se consolida con los aparentemente poco heroicos votos de un congreso de parlamentarios representativos de la ciudadanía, es más perdurable. Nadie se plantea hoy, en España, y no es por falta de ánimos, revocar los artículos que dan a las mujeres igualdad ciudadana con los hombres. Ya puede el chuleta de turno soltar por la boca el padrenuestro del machismo, el PP no tiene arrestos para intentar, aún con mayoría absoluta, echar atrás el reloj. Lo mismo vale para la sanidad (que se va privatizando mientras se finge muy enérgicamente que no hay tal, pero nunca con un cambio en las leyes, lo que deja abierta la posibilidad de que un gobierno de izquierda la recupere), para la educación pública, para el matrimonio igualitario (del que tantas parejas del PP se beneficiaron y que hicieron efectivo días después de fracasar en su intento por impedir que se aprobara la ley), para el divorcio. La revolución en las leyes tiene la enorme capacidad de normalizar una realidad social que implica pasos hacia adelante.

Por eso, por escandaloso que parezca a la izquierda revolucionaria (revolucionaria de boquilla, se entiende, publicista de la revolución pero que los tiros los den otros, salvo excepciones), sí es papel de la izquierda ser aquí y ahora, guardián de la ley. De la ley que ha creado en bien de todos y también de la ley que está por civilizar, por actualizar, por domar.

El que esta diferencia no se entienda, y que no se entienda entre gente que sin la sanidad y la educación y la igualdad no habría podido desarrollarse profesional y políticamente, siempre me ha parecido lamentable.

Defender la legalidad vigente ante el desafío independentista no es defender a Rajoy, ni al PP, porque ni las leyes ni la constitución son Rajoy ni el PP. Quienes defienden la legalidad desde el partido corrupto que lleva por emblema un ave carroñera (sabia elección) no defienden exactamente lo mismo que la izquierda ni por los mismos motivos, y confundirlos es un acto de indecencia política de primer orden.

Defender la legalidad tampoco es aprobar los excesos policiacos de ninguna índole, que seguramente harán felices a otros nacionalistas satisfechos de sentir su propia mezquina venganza en un golpe de porra o con el escudo. Porque quien aplaude esos excesos tampoco está defendiendo la ley, sino su propia edición limitada del egoísmo con banderita.

Si no defendemos el estado de derecho, no tenemos ninguna, absolutamente ninguna legitimidad moral mañana para tratar de modificarlo con sus propias reglas, de hacerlo mejor. Esas leyes, hechas con el concurso de todos y los votos de todos en cada momento,  son lo que nos separa de la barbarie y del capricho de quien cambia las leyes simplemente porque no le gustan y caiga quien caiga, muera la legalidad que muera...

Que mira, en su día así lo hizo también Franciso Franco Bahamonde, poco interesado en la opinión mayoritaria, sin votos ni permiso, sino por la gracia de dios, que es una forma celestial de ese otro monstruo cainita que es "la patria"...

Fuera de programa

Al menos en Inglaterra algún cantante con compromiso social se ha dado tiempo para celebrar la épica de la ley que salva vidas. Martyn Joseph escribió y cantó: "Nye: Canción para el NHS" (National Health Service, la sanidad pública británica). Una épica que debería resultarnos relevante. A ver cuándo alguien nos regala una canción para celebrar a Ernest Lluch y su compartida convicción de que la salud pública es justicia fundamental... Porque cada día que te atiende un médico o una enfermera es día de Ernest Lluch, día de las leyes, día de la revolución mediante el BOE, aunque no estés consciente de ello.



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*BOE es el Boletín Oficial del Estado, el diario de sesiones del congreso donde se publican las leyes y sus modificaciones, así como todo el trabajo legislativo.

7.9.17

Cuando era nacionalista


En medio de la crisis de Cataluña emprendida a dueto por la derecha más corrupta y la izquierda menos pensante, he visto con horror el proceso que el "Procés" ha provocado en algunos conocidos. Si bien siempre habían sido nacionalistas, no habían asumido el tema de la independencia de Cataluña como asunto de vida o muerte, de honra, de prioridad número uno o suficiente como para pensar en fusilar a más de uno. Ahora, al menos si nos atenemos a su discurso, la posibilidad no está del todo descartada y todo tipo de análisis racional queda excluido del panorama, sustituido por argumentos precocinados cuya fragilidad es simplemente ignorada. En las discusiones, cuando uno de sus argumentos es apaleado hasta desplumarlo, en lugar de responder a la contraargumentación con hechos y datos (ese proceso que distingue al diálogo civilizado, bicho tan escaso que hay gente que no lo ha visto en su vida), echan mano a la faltriquera y sacan otro argumento que no tiene nada que ver con el anterior, y se quedan como si hubieran vencido un debate sobre física relativista con el propio Einstein.

Ante el espectáculo, que hallo profundamente bochornoso y en extremo peligroso, no puedo sino recordar cuando yo era nacionalista, una época que ahora se me asemeja a cuando pensaba que realmente los Reyes Magos traían regalos a mi humilde casa y que cierta irregularidad en la alfombra de nuestra vivienda en un tercer piso era la huella del elefante de Gaspar (¿o era Melchor?), antes de que me convirtiera, pues, en crítico de toda forma de nacionalismo, sobre todo las que acaban rompiendo la ley, los escaparates o la crisma del vecino.

Yo fui nacionalista de una variedad especialmente ponzoñosa, nacionalista mexicano. Para quien no conozca el país a fondo, hay que aclarar que el nacionalismo desbordante no es una opción para quien nace allí, es una obligación incuestionable. Bastaba ser inscrito en la escuela (privada o pública, tanto da) y uno se veía (supongo que todavía) sometido a una indoctrinación digna de los responsables de control de la población de Kim Jong-un. Toda la narrativa histórica se presentaba como una permanente final de fútbol entre nosotros y "ellos", donde el árbitro estaba con ellos, jugaban en casa, eran el doble de jugadores que nosotros, la cancha estaba en una empinada cuesta (donde nuestra enorme portería estaba abajo y la diminuta de ellos en la cima), y todo iba tan en contra nuestra que el mero hecho de no ser goleados era digno de églogas trémulas y pomposas. No por nada las batallas ganadas por el país son escasas, cosa terrible para la vocación militar de todo patriotismo, de modo que celebramos con entusiasmo una, la de Puebla, el 5 de mayo de 1862, contra las tropas francesas... que en el partido de vuelta un año después también en Puebla nos dieron hasta con la bacinica y entraron hasta la Ciudad de México instalando el imperio del que hablo luego. Nadie celebra la segunda batalla de Puebla, por supuesto.

Una clásica ceremonia de la bandera un lunes en una escuela mexicana.
Los lunes comenzaban con los honores a la bandera. Antes de entrar a clases, formábamos filas (muy militarmente, todo nacionalista alberga en el corazón a un sargento segundo con acidez estomacal), sonaba el himno nacional y los mejores alumnos (escuadrilla de insoportables) salían marchando formando la escolta de la bandera; el o la más insoportable era abanderado y nosotros saludábamos al sagrado rectángulo de raso con la mano haciéndole techo al corazón mientras unos pocos soñaban con ser miembros de la escolta y la mayoría soñábamos en darles en la cabeza a los de la escolta con la pulida astabandera de latón que paseaban con la enseña patria. Llegaban al centro de la "asamblea" (así les llamaban, luego conocí las asambleas de las universidades y la palabrita ya nunca me pareció respetable del todo) y entonábamos una horrenda marcha cuya letra fue perpetrada por una profesora hija de un militarote (como debe ser) con pasajes tan estremecedores como "Es mi bandera la enseña nacional/Son estas notas su cántico marcial..." Más música militar, más paseo de la escolta hasta que la bandera volvía a su urna de cristal en la oficina del director y nosotros íbamos finalmente a clase.

Todos los lunes.

Todos los putos lunes de todas las putas semanas lectivas de toda la primaria y secundaria.

Seguramente en parte por eso hallo profundamente detestables todas las organizaciones de intoxicación infantil, desde el Opus Dei (por donde también pasé, pero ésa es otra historia) hasta los pioneritos de la revolución cubana.

Esto era el caldo de cultivo donde crecía --y crece-- un patriotismo patológico. Recuerdo especialmente cómo era necesario (lo decían los profesores, lo decía la televisión, lo decía nuestra familia) estar orgullosos de "lo que México le dio al mundo". Y uno se sentía uno de los artífices que habían diseñado genéticamente el tomate y el chocolate, los que habían desarrollado el maíz, los fabricantes de aguacates. Qué orgullo enorme había que experimentar por haber nacido en un país donde, cuando no era un país ni una nación ni nada por el estilo, habían aparecido ciertas especies vegetales y animales. ¿No es absurdo sentir orgullo por algo así? Pues de ese calibre había desde un refranero que no sabe uno si es de exaltación o de alivio ("Como México no hay dos") hasta uno directamente previo a intercambiar manazos con quien se tercie ("Viva México, cabrones"), una mezcla continua de mitos autocomplacientes. Uno en particular es escalofriante: "El himno de México es el segundo más bonito del mundo, sólo después de la Marsellesa"... dos himnos nacionales que engloban todo lo más aborrecible que pueden tener en cuanto a xenofobia, brutalidad, militarismo, sangre y odio.

Y está el mito ése de ser "100% mexicano" que es totalmente absurdo en un país con cuando menos 56 grupos etnolingüísticos indígenas (diferenciados culturalmente, siendo la mayoría mestizos, es decir, con ancestros españoles cercanos o lejanos además de los indígenas), un alto porcentaje con ancestros esclavos negros del África occidental y una incesante aportación de inmigraciones más bien desordenadas de todo el mundo. Yo mismo mezclo raíces eslavas por un lado e indígenas y asturianas del otro aunque, locuras del nacionalismo, en una cultura profundamente racista dividida entre los que desprecian lo indígena como inferior y los que lo exaltan como indudablemente superior, ambos cayendo en juegos ahistóricos y fantasiosos.

No digo que el mexicano sea un nacionalismo más tóxico que, digamos, el argentino, el catalán, el vasco, el español, el bávaro, el piamontés o el bielorruso, que seguramente son de quitar el aliento, pero como a los demás sólo los conozco de lejos, hablo de éste porque en él formé toda una cosmovisión de confrontación con el mundo de la que me tomó buena parte de mi vida adulta desembrazarme. Estuve convencido, y nadie a mi alrededor lo ponía en duda, de que éramos permanentes víctimas de ese "ellos" malvado y cruel, esos extranjeros sin los cuales, claro, seríamos el mejor país del mundo, el que tendría más premios Nobel (tres, los demás, al no existir, tendrían cero), con la gente más alta, más simpática, más guapa, mejor vestida y más listarraca del planeta.

Idealización de la guerra México-Estados Unidos de 1847-1848.
Las guerras son muchísimo más horrendas, claro.
Allí estaban ellos para impedirlo. Los españoles que "nos" habían conquistado (aunque eran nuestros ancestros, hazaña impresionante de disonancia cognitiva y esquizofrenia creativa), los franceses que "nos" habían invadido (porque otros mexicanos más tontos habían ido a Europa a buscar un emperador para poner en orden al país, vamos, que la intervención militar de Napoleón III para imponer un imperio no desembarcó en Veracruz por haber tomado la salida equivocada en una rotonda o glorieta) y, por supuesto, estaban, están y estarán los estadounidenses. Que no se llaman estadounidenses, se llaman gringos.

Los gringos ponen a prueba continuamente el vibrante ser nacional mexicano. "Nos" robaron medio país (sin duda alguna, pero con la invaluable ayuda de un mamarracho como Antonio López de Santa Anna --que entre otras cosas impidió el posible triunfo en la guerra contra EE.UU.-- y a quien el país le agradeció sus numerosos atropellos, burradas y delirios de grandeza eligiéndolo presidente once veces, así que a la hora de repartir culpas igual nos dejamos el plato medio vacío), pero también resulta que sin el apoyo de los gringos, la guerra contra los franceses no habría salido como salió (el país se salvó por un pelo de rana de ser colonia gala), y lo de la independencia igual tampoco habría resultado tan exitoso. Pero los gobiernos de los Estados Unidos también habían practicado en México primero el colonialismo económico (con la ayuda más que entusiasta de Porfirio Díaz y todos los que lo rodeaban durante su breve presidencia de 34 años, a la que llegó con un programa antireeleccionista) y ya luego la intervención militar directa dos veces a principios del siglo XX (la toma de Veracruz y la fallida persecución de Pancho Villa que sirve para que presumamos también de que "México es el único país que ha invadido a Estados Unidos", lo cual tiene imprecisiones como para otra entrada). Y, finalmente, promovieron el neoliberalismo más cavernario en el país (imposible sin el concurso de sujetos despreciables como los presidentes De la Madrid, Salinas y Zedillo que amaban al vecino y los ingresos que les produjo).

No hay relación amor-odio como la que une y separa a los mexicanos y a los gringos, como corresponde al único lugar donde el "tercer mundo" (los países pobres, jodidos, de democracia cuestionable, oportunidades inexistentes y costumbres indignas de la gente bien) hace frontera con el "primer mundo" (los ricos con abundante pobreza, democracia consolidada, oportunidades y costumbres indignas de la gente bien). Una frontera larga y porosa donde Donald Trump quiere poner un muro porque no tiene idea ni de qué es ni cómo es (por ejemplo, que 2.000 de sus 3.800 km de frontera son un puto río). Si allí no hay choques de sociedades, culturas, costumbres, envidias, intercambios, ejemplaridades y manazos, no los habría en ningún lado. Una gran parte del nacionalismo mexicano se apoya en la existencia misma de los vecinos del norte, en la admiración o el desprecio al gringo como hecho ineludible.


Pero uno llega a darse cuenta de que sentirse orgulloso por lo que hizo una u otra persona o grupo que vivieron más o menos en el mismo espacio geográfico en el que lo parieron a uno es totalmente absurdo. Que la historia está compuesta de accidentes y que ni nuestros héroes son tan ejemplares como quieren los que hacen los libros de texto ni los villanos "otros" son tan diabólicos y demoníacos como nos los pintan (se aplican excepciones, por supuesto). Y llega a darse cuenta de que la mitología nacional no se distingue en nada de la mitología racial o religiosa: es irracional, se basa en historias de veracidad más que cuestionable y por supuesto le cierra a uno las fronteras y la capacidad crítica para abordar lo que de esperpéntico tiene la propia sociedad y cultura. De allí que yo no gane concursos de popularidad por mis dimes y diretes con Cantinflas y Chespirito, por poner un caso, que se plantean como referentes indispensables de la mexicanidad aunque si pienso en la gente que me rodeó durante mi vida allá, resulten tan ajenos a todos nosotros como los ídolos de Bollywood. O que haya encontrado divertida la lucha libre como entretenimiento basto y curioso de gran habilidad acrobática, pero que me niegue a considerarlo una cumbre de la gloriosa cultura nacional, que vamos, hombre, un poco de perspectiva. Y puede uno finalmente hartarse --y confesarlo-- del mariachi, de Frida Kahlo, de Octavio Paz (sobre todo), del bolero, de los referentes obligados, de la creencia religiosa en una "edad de oro del cine mexicano" más falsa que un peso con la cara de Putin (esto en 2017, mañana quién sabe), y así sucesivamente.

Liberarme del nacionalismo me representó un enfrentamiento como el que viví cuando confesé mi ateísmo a mi familia de rosario y misal, pero peor. Porque en la religión nunca había creído, ya lo he contado, pero la Patria sí había sido parte de mi universo mítico, la idea de estar en una "tierra bendita de dios" cantada por Negrete, la paranoia chauvinista, eso sí había sido mío y era necesario abandonarlo junto con otras supersticiones. Porque la nación es una forma de superstición.

Ser nacionalista finalmente equivale a desterrarse uno mismo de la mayoría, de la vasta mayoría de la experiencia humana, a asumir como ajeno todo el bosque de nuestra especie en su delirantemente variada realidad social, cultural, política, histórica y humana, salvo por una minúscula astilla que consideramos que, por ser "nuestra" (y no lo es) contiene de manera mágica todo el destilado de lo mejor del bosque al que le damos la espalda. Es confundir el accidente con la identidad, lo episódico con lo esencial.

No es raro que resurjan los nacionalismos hoy, por supuesto, y que haya procesos de radicalización que ponen en riesgo amistades, escaparates y cráneos ajenos. Primero, vivimos la época del populismo y la nación es un fulcro esencial del populismo: no es necesario justificarla con nada, es lo que es y es a la vez "nuestra" y "nosotros", y nos separa claramente de "ellos". Segundo, vivimos la exaltación de las identidades, de la calificación de los individuos por su pertenencia a grupos basados en lo que son o sienten ser (por color, raza, sexo, género, nacionalidad, regionalidad, preferencia sexual, peso corporal, estatura, dieta) sin que importe la actividad (lo que se hace, piensa, sueña o emprende, el trabajo, la militancia por las mejores o peores ideas). Tercero, vivimos la era de la legitimación de las supersticiones en nombre de la ideología, tema precisamente de mi libro La izquierda feng-shui. El nacionalismo tiene así techo, lecho y mesa para crecer rozagante.

En la peculiar España, el nacionalismo, sin embargo, fue apropiado por la dictadura fascista de Franco y las víctimas prefirieron, antes que recuperar su mitología nacional, regalársela a los fascistas y refugiarse en el regionalismo. "Sentirse español" es casi declararse franquista y mala gente. Lo guay es sentirse catalán, gallego, murciano, valenciano, asturiano, vasco o, si mucho me apuras, sentirse de la aldea de 25 casas donde uno nació y escupir para todo lo demás.


En España poca oportunidad he tenido de ser nacionalista, porque cuando llegué hace 20 años ya era crítico del nacionalismo. Esto me ha servido para ser acusado, incesantemente, de españolista. Cuando discuto sobre el tema con nacionalistas regionales, casi nunca he logrado que se entienda mi oposición a todo nacionalismo. Con la estrechez indispensable de toda visión patriótica, mi posición se entiende como contraria a su nacionalismo y, por ende, a su nación y sólo a ésta. Y están habituados a que quien se opone al nacionalismo e independentismo catalanes sea, a su vez, nacionalista español, así que se me asigna el papel y esto causa enormes tranquilidades epistemológicas en quienes, de otro modo, se verían obligados a cuestionar las raíces de sus sentimientos, tan nobles, tan sólidos y tan aterradores.

Y entonces me acuerdo de nuevo del hombre de la gorra de la película Cabaret. Cuando un rubio y bello miembro de las Hitlerjügend entona la canción "Tomorrow belongs to me" ("El mañana me pertenece") y va contagiando a los presentes, que se adhieren con entusiasmo creciente a las vibrantes notas patrióticas y dulces: "Oh patria, patria, muéstranos la señal, tus hijos han esperado para ver la mañana en que el mundo será mío. El mañana me pertenece". Y arroba a todos menos al hombre de la gorra, anciano curtido que, habiendo visto los estragos de otras guerras y otras pasiones nacionales, se queda sentado con su cerveza, desolado, sabiendo cómo es el rostro del futuro nacionalista y enardecido que viene.

Hace años le escribí algo a ese viejo que me vale para todos los himnos y todas las patrias.

No cantaba 
El viejo de la gorra no cantaba,
reconocía el dolor -viejo adversario-
por el aroma agrio del cuchillo
y el pétalo muerto palpitando
No cantaba
y la noche asaltaba la mañana
y no cantaba
Las voces jubilosas claudicando en triunfo
y no cantaba
El veneno en las palabras
no cantaba
El vaho de la muerte en percusión
y no cantaba
con los ojos desbordados de memoria no cantaba
con sus amigos muertos a la espalda no cantaba
con la indignación del débil no cantaba
con el temblor militar y no cantaba
Lo miraban con ojos de visillo y no cantaba 
Cuando vienen los jinetes ácidos
la madrugada corta los helechos
y se lleva los leños del hogar
la leche fresca
los zapatos desgastados
la promesa
el peso del martillo y el año próximo
no cantemos por enorme que sea el coro
que un solo ser humano en su silencio
puede llevar al mundo a sus espaldas
contra la mentira pintada de sonrisa
contra la impiedad y su túnica de niebla
contra los que condenan al mundo a ser salvado
contra el odio agazapado tras un beso
No cantemos
Cabaret, 1972, dirigida por Bob Fosse.